Conducimos en sentido contrario a la caravana de coches que se aleja del Parque Nacional de Albarese, en la Maremma, Italia. En su mayoría, son familias que vuelven a sus ciudades después de un día de playa. Sin embargo, nosotros nos dirigimos ansiosos a la inauguración de la Casa de la Biodiversidad, Granaio Lorenese, parte de la hacienda agrícola de campos de grano y caballos. La Casa de la Biodiversidad es un amplio espacio reconvertido en la sede de Diversidad de Slow Food, sin perder una tizna de carácter de lo que era hace tan solo unos años, un granero. En este espacio polivalente, conviven zonas de conferencias, con antiguas máquinas de separar el grano de la paja, una exposición de inventos de Leonardo de Vinci, y una del fotógrafo Paolo Gramigni sobre frutas gmo free. Tradición y modernidad. Orígenes e ingenio. Pedagogía y activismo social. Raíces locales y alcance internacional. Todas ellas características también del movimiento Slow Food.

Slow Food como movimiento ciudadano, nace en 1989 como asociación sin ánimo de lucro para contrarrestar el crecimiento de la comida rápida y la vida acelerada y combatir la desaparición de alimentos y tradiciones locales. Su objetivo es el de aumentar la consciencia del impacto en las personas de lo que comemos y cómo lo comemos, y también sobre como influyen nuestras decisiones individuales sobre la comida en las comunidades y el resto del mundo.

Como explica Massimo Neri, director de la Coperativa Ol.Ma de aceite D.O.Toscano, para los italianos, sentarnos juntos a comer va mucho más allá de una necesidad vital y se convierte en una celebración de la vida. Sobre este ir más allá se asientan las premisas de Slow Food: todo lo que comamos debería ser Bueno, Limpio y Justo. Bueno en cuanto a sabor y calidad; Limpio en cuanto a respetuoso con el medioambiente y Justo en la medida en que permite a los productores continuar con la actividad.

El alcance de Slow Food aúna el placer del buen comer con un compromiso con las comunidades locales y el medioambiente, a través de sus más de 100.000 miembros en más de 150 países y una red de 2000 comunidades que ponen en práctica la producción de alimentos de calidad a pequeña escala y de forma sostenible.

Entre sus actividades destacan campañas para la pesca y consumo de pescado sostenibles, másters en Alimentación, intercambios internacionales de prácticas agrícolas, valorización de variedades hortofrutícolas y ganaderas locales, módulos escolares sobre alimentación sana y sostenible, y un largo y fascinante etcétera.

En los momentos actuales, con modelos económicos y sociales en entredicho, donde valores como competitividad, inmediatez y consumo ilimitado están perdiendo fuelle, el movimiento Slow Food ofrece un discurso coherente e inspirador fundamentado en la inclusión social y la sostenibilidad medioambiental.

Y en este entorno natural único, participando en la celebración alegre y desenfadada y degustando los deliciosos dulces locales, yo me pregunto: ¿A quién diablos le importa ir rápido? Como dicen aquí: piano, piano, si va lontano. Es decir, con tranquilidad y perseverancia se llega lejos. Y Slow Food es prueba de ello.

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